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La I Bienal Centroamericana de Pintura

Guillermo Montero P.
Para Forja

“Pero hay algo más que hace diferente al joven de hoy de como fuimos nosotros, hace apenas unos años. El joven de hoy vive frente a dos mundos ya inseparables, De un lado, no puede abstraerse de los fenómenos y los problemas de todas las sociedades y de todos los hombres. Él sabe que lo que sucede en París, en Moscú o Washington, de una u otra forma lo afectará a él. En el otro lado, tiene conciencia de su destino, como ser, en nuestra sociedad costarricense. El joven de hoy en día, sabe que si él no interviene, que si no defiende su punto de vista -que son sus derechos y responsabilidad a muy corto plazo-, los cambios que él conciba, lo que él crea es la forma de terminar con la injusticia institucionalizada, serán mas difíciles de conseguir dentro de 10 ó 15 años, cuando ya alcance el poder. Los jóvenes de hoy tienen conciencia de su posición frente al destino de nuestra Nación. Ellos protestan contra una forma de pensar, contra una actitud, contra una concepción de las cosas, que es el pensamiento, la actitud y la manera de hacer y de ser de sus abuelos, quienes son los que actualmente ocupan la parte mas alta de la pirámide del poder político y económico. De ahí la violencia de las posiciones y la pasión de las tesis, que surgen de intereses opuestos o encontrados.”

Dr. Rodrigo Gutiérrez
Consejo Universitario
1970

Si revisamos el panorama cultural a mediados de los años sesentas en Costa Rica, destaca a nivel latinoamericano, la artista Lola Fernández, quien participó en el Salón Esso de artistas jóvenes, patrocinado por la Unión Panamericana y Esso (Standard Oil Company). El catálogo de dicha exposición es introducido por José Gómez Sicre. El jurado que otorgó los premios y seleccionó las obras para el Salón Internacional en Washington, estaba encabezado por Alfred H. Barr Jr., fundador del Museo de Arte Moderno de Nueva York. La obra merecedora del premio por Costa Rica se titula Petróleo 4 a.m, es un óleo sobre tela.

bienal_2502La artista es representativa del momento cumbre de la abstracción en Costa Rica y fue invitada a exponer con el Grupo 8 en 1962. Ella fue una de las participantes en la I Bienal Centroamericana de Pintura (1971); durante este periodo de 1965 a 1971, los cambios serán tan radicales en la relación centro-periferia, que podríamos afirmar que el surgimiento de la neofiguración y la resistencia a la penetración cultural desde los centros hegemónicos, dará como resultado, una oposición a las tendencias no figurativas que caracterizaron la década de los años sesentas.

Conocemos el papel que la figura de Manuel de la Cruz González jugó en el caso de la pintura abstracto-geométrica a su regreso de Venezuela. En Diciembre de 1958, al exponer en el Museo Nacional incluyó en la portada del catálogo la frase de Óscar Wilde: “El arte inicia donde termina la naturaleza”. No en vano, su obra se incluirá en el Salón de Honor de la I Bienal Centroamericana donde se exhibirán sus lacas; estas manifestaciones estéticas nos recuerdan la importancia de las áreas abiertas en América Latina, tal es el caso de Venezuela y el optical art. Manuel de la Cruz residió en Maracaibo y allí ejerció una influencia que han reconocido maestros de esta tendencia, como Jesús Rafael Soto, a quien el artista organizó su primera exposición individual, según afirmaba en 1989 en Caracas.

Debo advertir al lector que en 1971 contaba con veintiún años de edad, era entonces un estudiante universitario y mi mayor interés era la Historia del Arte. La nueva Biblioteca Nacional ubicada frente al Parque Nacional, sería la sede del principal acontecimiento artístico de la época, la I Bienal Centroamericana de Pintura, convocada por el Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA). Antes de instalarse en su nueva sede se utilizaron salas de lectura del lado oeste para albergar la exposición, ya que no existían, entonces, espacios adecuados en San José para tal acontecimiento. Era presidente de la República don José Figueres Ferrer, y fungía como el primer ministro de cultura, el Lic. Alberto Cañas Escalante.

Nos proponemos, claro está, dilucidar este complejo entramado de acontecimientos que culminó con el premio concedido a Luis Díaz por su obra Guatebala, luego desaparecida; y, en especial, nos interesa -por razones obvias- la participación costarricense. Aún hoy conviven con nosotros algunos artistas centroamericanos que participaron: Rolando Castellón (Nicaragua) y Roberto Cabrera (Guatemala) son dos ejemplos de personas que se han interesado por el arte y la cultura costarricense.

Es importante explicar a los lectores que las condiciones de Centroamérica eran muy distintas y el militarismo dominaba aún. Marta Traba -luego jurado de la Bienal- publicó posteriormente su obra Dos décadas vulnerables en las Artes Plásticas Latinoamericanas, 1950-1970, refiriéndose a Centroamérica como: “el país de las hamacas y los señores presidentes (…)”. No es de extrañar que entre las temáticas de la escuela guatemalteca, el militarismo y los desaparecidos sean temas recurrentes y que caractericen al arte latinoamericano en esa época.

La transformación de la juventud, que culmina hacia 1968, con la revisión de las estructuras académicas en Europa, y los acontecimientos locales que revelan una toma de conciencia de las multinacionales dispuestas a explotar irracionalmente el medio ambiente, denunciado por el movimiento estudiantil, son dos puntos de referencia significativos. Artistas que retornaron al país después de estos acontecimientos, por ejemplo, el artista Juan Luis Rodríguez, quien se integró a la Universidad de Costa Rica en la Escuela de Artes Plásticas de la Facultad de Bellas Artes, tendrá un efecto ya posterior. Aún hoy, para el estudiante de la Universidad de Costa Rica, la plaza 24 de Abril sigue siendo un punto de referencia histórico (ALCOA 24/4/1970).

No olvidemos que la I Bienal Centroamericana de Pintura fue convocada por el CSUCA (Consejo Superior Universitario Centroamericano), conformado por los rectores de las universidades centroamericanas, y que su secretario era el escritor Sergio Ramírez Mercado. Estas instituciones eran el centro del pensamiento y la libertad en el istmo.

Al finalizar la década de los años sesentas, el pintor mexicano José Luis Cuevas visitaba San José. Los estudiantes de Bellas Artes le conocían y también los artistas que en el futuro participarán en la Bienal, pero en 1971 regresaría como jurado junto a Marta Traba; ellos constituirían el impulso más fuerte de retorno a la figuración, y el frente de oposición a las tendencias no figurativas que habían permitido penetrar el arte de América Latina. Marta Traba se convirtió, con los años, en la promotora de la neofiguración, sustentada en lo que llamaría “Los cuatro monstruos cardinales”, dando énfasis a Francis Bacon.

Esa atmósfera de acento expresionista fue lo que permitió valorar a otro creador seleccionado para el Salón de Honor: Francisco Amighetti (1907-1998), pintor dedicado por esa época a la cromoxilografía, y quien había estudiado en México; superó el dogmatismo de los muralistas, haciendo del grabado en madera y la multiplicación de la obra su valor esencial. En él vieron los jóvenes la resistencia a la penetración y una universalidad a partir de lo local. Razones que lo catapultaron a partir de entonces, hasta llegar a exponer, al año siguiente, en Bellas Artes de la capital mexicana.

Un detalle que llama la atención a quien conoce el catálogo de la I Bienal Centroamericana de Pintura, es que se utilizó un diseño del artista Carlos Mérida (1891-1984), quien vivió en el exilio y desarrolló su carrera en México. Se trata de una pintura mural en el Banco Hipotecario de Guatemala, un esmalte sobre cobre que revela una universalidad afín a un cubismo mestizo y una síntesis cercana a lo constructivo y arquitectónico. Así, sin proponérselo, se señala la importancia de la Escuela Guatemalteca. Es un hecho que a los artistas jóvenes les interesaba esa escuela. Algunos de los participantes en la Bienal, como Arnoldo Ramírez Amaya, influyeron localmente; era lo que algunos llamaban por aquel entonces, la “izquierda erótica”; conocían la pasión del artista por los modernistas como Aubrey Beardsley y lo monstruoso decadentista que está en boga en los años sesentas, y aún en la década siguiente. La influencia aparece en Costa Rica en la obra gráfica de algunos artistas.

No pretendemos afirmar que por su calidad, la participación de los pintores guatemaltecos hacía inminente que ganarían la Bienal, sino que su obra interesaba en el medio a los conocedores. Guatebala de Luis Díaz fue la obra ganadora. No es de extrañar que de acuerdo con la situación contemporánea, la obra desapareció luego de la itinerancia. Este artista concibió un tríptico en metal remachado con tres formas losángicas secuenciales, sintético, y de estilo próximo a la señalética y a la secuencia del cómic; la obra presenta una armadura antigua que es acribillada de balas, desintegrándose; clara muestra de la situación guatemalteca y centroamericana que prevalecía por aquellos años.

Marta Traba ha expresado la tensión que implicaba leer un veredicto donde se negaba un premio local a Costa Rica. Antes de llegar el presidente Figueres ya el público había inundado la sala ante la expectativa del fallo. La negativa de conceder un premio a Costa Rica ha sido interpretado con los años, como una reacción contra la pintura no figurativa; algunos creen que la victima de esta situación fue la pintora Lola Fernández, cuya obra: Supervivencia (Serie de la Máquina) se consideraba la posible ganadora por Costa Rica. Algunos de sus colegas que participaron en la Bienal, tal es el caso de Rafael Fernández Piedra, consideraban que la artista merecía el premio local.

Él, a su vez, practicaba una figuración de carácter mágico, muy próxima a la sensibilidad de García Márquez, y que con los años ha persistido en Centroamérica. Previo a ese momento, Rafa Fernández practicó una figuración monstruosa que culminó en la década de los sesentas La negación de un premio a Costa Rica, llevó al pintor a polemizar con José Luis Cuevas, quien cuando regresa a Costa Rica, posteriormente, aún recordaba la confrontación, durante una charla en la galería Enrique Echandi. El mexicano manifestaba, también, su interés por la obra de Francisco Amighetti.

Si bien hemos señalado que Manuel de la Cruz González y Francisco Amighetti son los artistas costarricenses invitados al Salón de Honor, por las razones expuestas, debemos citar ahora a los artistas costarricenses que participaron en la Bienal: Rafael Fernández (1935), Lola Fernández (1926), Jorge Gallardo (1924), Ricardo Morales (1935), Cesar Valverde (1928) y Jorge Manuel Vargas (1942). Este último, curiosamente, es el único que mereció una referencia elogiosa. El pintor herediano, estudiante de la Escuela de Bellas Artes, practicaba una pintura cercana al relieve pintado en blanco; estas estructuras con tornillos comunicaban una sensación de hermetismo que aún hoy resulta inquietante. Más informado que otros estudiantes-artistas de su época y apasionado por la Historia del Arte y la música, Vargas, interesado especialmente por el arte contemporáneo norteamericano de vanguardia, vuelve al objeto para comunicar el silencio de la sociedad en que vive, una percepción sin respuesta que ignora al arte mismo.

César Valverde, quien estudió en Italia, derivó con los años en una figuración estilizada y estetizante que resultó intranscendente para el jurado. Títulos como: Picasso y El tercer mundo denotan una ironía, pero su obra carece de la fuerza y compromiso que exigía el momento histórico; a pesar de que la época señala un retorno a la figuración, su estética debió resultar complaciente en el contexto de una pintura centroamericana muy comprometida con los acontecimientos y la realidad contemporánea.

Ricardo Morales (Chino, como se le conoce) dio un vuelco incomprensible: Paisajista reconocido localmente e interesado en las zonas altas del valle, da un giro a una versión pseudo-conceptual, titulando su obra: Símbolos, como adaptándose a la circunstancia. Jorge Gallardo, el mayor del grupo de los participantes, prefirió en aquel momento lo que él llamaría su Realismo Cristiano; sus obras resultan obsoletas al jurado: El hermano recolector de basura, y Cristo y la bomba atómica revelan un deseo de alejarse del socialismo dogmático, pero no lo logra; más bien, refuerza el origen de un momento superado. El artista murió en el año 2002.

Lola Fernández quien nació en 1926, hacia el momento de la Bienal muestra una afinidad con los grandes artistas de los centros urbanos, como por ejemplo, Robert Rauschenberg. La pintura de Lola constituye una imagen explosiva. El rojo, color reiterado en su obra desde los años sesentas y asociado a la violencia, explota ante el espectador, no sin sutilezas; integrando todo tipo de información de la cultura contemporánea, denunciando el kitsch local y generando un espacio difícil de olvidar; así, el titulo de una de sus obras es sugerente: Supervivencia.

El primero de la lista es Rafael Fernández, quien a la sazón surgía inconteniblemente, y su realismo mágico, sustentado en la luz y el color nos revela su afinidad con otras escuelas centroamericanas que pesaron en su formación; su temperamento manifiesto entonces, revela que probablemente para él fue más doloroso que para otros, la negación del jurado que no concede un premio a Costa Rica. Sumido en una ensoñación siempre afín a lo femenino, Rafael Fernández es por aquellos años, como hoy, el pintor esencial.

Pero, es en el caso del Salón de Honor en el que dos maestros señalan las pautas seguidas hasta entonces. Francisco Amighetti (1907-1998) es un artista de larga trayectoria y origen americanista, cuyas obras incluidas en el Salón son cromo- xilografías, una técnica que a partir de 1967 le ocupa a un grado apasionado. Conversación, fechada en 1969, revela su carácter incisivo y crítico; la paleta sobria y su concentración en la temática femenina, intuye la confrontación de los géneros y el ocultamiento del alma humana tras la máscara feroz; un elemento universal y expresionista adaptado del folclor centroamericano. Más que ningún otro artista, el viejo maestro parece corresponder a la sensibilidad contemporánea, pero sin proponérselo, la coherencia de su desarrollo hace que su obra sea un punto de referencia para las futuras generaciones.

Manuel de la Cruz Gonzáles Luján (1909-1986) es la figura que en el Salón de Honor representa la influencia de las áreas abiertas latinoamericanas. Como sabemos, al regresar al país rindió homenaje a Cuba y Venezuela que lo acogieron en el exilio, y expuso su obra en el mes de Diciembre de 1958 en el Museo Nacional. Un año antes, había iniciado la serie de lacas que culminaron en 1971, cuando expuso en la Bienal, las últimas obras de este tipo. Geometría y minimalismo se unen en un lenguaje que culmina en una sensibilidad aséptica que intenta comunicar un orden superior; metafísica pura, basada en el número y la proporción. Con los años, los ensayos óptico-retínales dan paso a su obra maestra: el blanco y el negro son interrumpidos por el color-luz. Es un diálogo razonado de la vida y la muerte, una idea superior.

Si bien no ha tenido discípulos en esta tendencia, su relación con los artistas que fundaron el Grupo Ocho, por ejemplo, el arquitecto Rafael Ángel García, interesa especialmente. Al retirarse de la Facultad de Bellas Artes, “Felo” se convierte en fundador de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Costa Rica. En 1971 la unidad académica abre sus puertas. Un proyecto de taller reproduce la obra de Manuel de la Cruz González en los muros de San Pedro, y hasta en la entrada del antiguo edificio de Agronomía, ahora de Arquitectura. Una experiencia óptica sorpresiva e irrepetible que nos dice mucho del arquitecto, detrás del pintor Manuel de la Cruz González; por razones obvias, “Felo” García no participó en la Bienal.

Del 15 al 25 de setiembre de 1971 se llevó a cabo la I Bienal Centroamericana de Pintura, un hito histórico que no debemos olvidar.

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